Normalmente, el ciego quería que Claudio le contara detalles de sus juegos, de su entorno familiar. Pero el muchacho no comprendía cómo a su amigo le podía interesar algo tan rutinario como la vida diaria de alguien que podía verlo todo y en consecuencia no necesitaba imaginarlo, cuando justamente ahí residía el encanto de la ceguera inteligente.